La luz de agosto en San Sebastián

Empiezo a escribir esta entrada sin tener claro si finalmente la publicaré o no. La razón que me anima a ello es haberme enamorado de la ciudad de San Sebastián. Sin embargo, he caído en la cuenta de que nunca antes me había animado a escribir sobre un viaje o una ciudad y se me antoja algo complicado. Sobre todo porque no quiero que esto sea una guía de viaje, ni un texto en el que enumerar lugares imperdibles de Donostia. Quiero tratar de expresar con palabras lo que para mí ha sido una escapada inspiradora y terapéutica; tranquilizadora al tiempo que divertida.

“Luz de agosto en Gijón” es una canción maravillosa de Nacho Vegas que se me venía a la cabeza mientras paseaba al borde del río Urumea en San Sebastián: <Era una noche vacía , vacía de todo salvo de ansiedad, esperando un nuevo día, que arrojara luz, trajera paz. Rebuscando la alegría, persiguiéndola en cada conversación, porque si algo ha de ocurrir, por favor que ocurra aquí, a la luz de agosto en Gijón>. Creo que alguien debería componer otra canción sobre la luz de agosto en San Sebastián. A mí me transmitía calma y paz. Pasear por los puentes mientras escuchabas el agua del río correr y contemplar la hermosa arquitectura de la ciudad a través de una especie de velo gris.

En una semana en la ciudad, tuvimos la suerte de poder contemplar San Sebastián tanto con un sol resplandeciente y temperaturas de 38 grados, como con una lluvia fina y constante a 20 grados. Siempre he detestado los días lluviosos, me ponen triste, me enfadan. Pero allí era diferente. Nos dejamos el paraguas en casa (en la de Madrid) y permitimos que el agua cayera sobre nosotros mientras llenábamos los pulmones de un aire cargado de vida y humedad. Un día salimos a la calle con vaqueros, pensando que iba a refrescar, pero de pronto, mientras contemplábamos el mar desde un banco de piedra en el paseo, salió el sol. Nos arremangamos los pantalones, nos quitamos los zapatos y comenzamos a pasear a la orilla del mar. San Sebastián nos inspiraba eso. Improvisación con calma. No mirar el reloj. Después, eso sí, nos fuimos a probar unos pintxos.

Perdernos por las callejuelas de la ciudad, llenas de vida y una admirable limpieza y belleza, fue otra de nuestras actividades preferidas. Lo hicimos también en Hondarribia y San Juan de Luz (País Vasco y Francia), lugares con un encanto natural, bohemio y colorido. Cualquier tienda, anécdota, cartel o broma nos servía para no parar de reír. No queríamos volver. Nuestro gps tampoco. En Francia perdió la conexión a Internet y decidió que podíamos quedarnos allí más tiempo. Y tan a gusto.

El viaje también nos descubrió música nueva que compartir. Una noche, en ese ambiente delicado y tenue de San Sebastián, nos paramos a escuchar a una pareja que tocaba una mezcla de pop, folk y country. Les compramos un disco y resultaron ser, además de muy buenos músicos, encantadores. Se llaman To Twelve. Sus reposados acordes sonaban en mi cabeza a la mañana siguiente cuando, sentada al precipicio del Peine del viento, cerré los ojos y respiré durante unos minutos. “En los días difíciles, recordaré este instante”, le dije a mi compañero de viaje.

Ah, y qué ricos estaban esos cafés.

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