Bendita rutina

“BDías! lunes-viernes” es el nombre de mi alarma del móvil. La que cada día laborable suena a las 7:30h. Un nombre tan poco original como rutinario. Después de apagarla una media de cuatro veces, me levanto. Y, siempre en el mismo orden, me ducho, me visto, desayuno, me lavo los dientes, me maquillo, me peino, me pongo los zapatos, reviso el bolso, meto el tupper en la bolsa, me echo perfume y salgo de casa.

Me meto al metro. Tengo ocho paradas, un súper transbordo y otras ocho paradas. En una línea voy sentada, en la otra voy de pie. Para amenizarme el camino recurro a Spotify. Normalmente tengo descargada una lista con el grupo de mi próximo concierto. A veces se me acumulan las listas y los conciertos. No miro el móvil. Escucho música pero voy observando a la gente del vagón.

Está la mujer rubia de unos 60 años que va perfectamente arreglada y siempre lee un libro sentada en su mismo rincón. También ese otro chico que no levanta la vista de su iPhone, con sus chinos y sus mocasines. Me produce ternura una madre especialmente joven que lleva a su hija al colegio y repasa con ella los colores en inglés. Luego está ese chico que saca lo peor de mí: el que empuja a quien sea con tal de entrar el primero y coger asiento. Y pienso que hace mucho tiempo que no veo al chico de la corbata de Daft Punk. No le veo desde que descubrí que en realidad la corbata era de los stormtroopers de Star Wars.

Llego a la oficina. ¡Buenos días! Emails, reuniones, momentos de poner orden, parada para un café o unos minutos de risa con los compañeros. Proyectos que avanzan y otros que parecen estar ahí desde hace demasiado tiempo.

La semana va pasando y nos inquietamos buscando planes para el fin de semana. Algo que hacer para escapar de la rutina. Si hay puentes o vacaciones cerca, planeamos una escapada o un viaje. Y la simple preparación nos emociona porque ya nos vemos con un pie fuera de la monotonía.

Pero entonces algo hace crack. Puede ser cualquier cosa, insignificante en apariencia. O puede ser una enfermedad, un despido, un hecho que nos aparta de la rutina y nos recluye en nuestros pensamientos. De repente no tenemos una alarma que suena cada mañana, nos vemos incapaces de coger el metro o dejamos de prepararnos el tupper para el día siguiente. ¿Y ahora qué? Nos sentimos perdidos, sin rumbo. Esa rutina de la que tanto solemos renegar nos da estabilidad, nos aporta el equilibrio que necesitamos para seguir. El café matutino, las bromas de oficina, unas cañas con los amigos, las mismas caras en el metro cada mañana, una peli el día del espectador. Placeres cotidianos, pequeños, sencillos, que necesitamos como el respirar. Bendita rutina. Cuánto nos metemos con ella y cuánto la necesitamos cuando nos abandona.

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