Los conciertos de Iván Ferreiro: el movimiento que nos lleva a otro lugar

Hoy quiero hablaros de Iván Ferreiro. Pero antes debo confesaros algo: aunque escucho muchísima música y voy al menos a un concierto al mes, nunca me atrevo a hablar o escribir sobre música porque siento que no tengo ni puñetera idea. Es muy probable que si un músico se equivoca en un concierto yo no me dé cuenta. Pero aún así, como este post va más sobre emociones, me lanzo al vacío y a ver qué sale.

He perdido la cuenta de los conciertos de Iván a los que he ido. El último fue hace un par de semanas en La Riviera. Él mismo la considera su Casa en la capital: “Cómo me gustan esas putas palmeras”, le oímos decir. Pero aunque Iván Ferreiro jamás decepciona en ningún concierto, no conseguí verle tan pletórico como el pasado mes de diciembre en el Palacio de los Deportes (ahora WiZink Center). En este último se confesó emocionado porque había tardado muchos años en llenar dicho recinto.

“Al final me vais a hacer llorar”, decía en La Riviera. Pero no, no lloró. No lloré ni yo. Y es que la misma canción de Iván Ferreiro que tan triste me pone cuando la escucho a solas en mi habitación, es capaz de darme un subidón de adrenalina cuando la escucho en directo. Creo que si todavía hay alguien que siga etiquetando a Iván Ferreiro de “cortavenas” debería ir a uno de sus conciertos. Esta concepción cambia cuando le ves cantando furioso, meciéndose de esa manera tan característica (ese movimiento que nos lleva a otro lugar) con su mano en la cadera y un magnetismo fuera de serie que nos devuelve las ganas de comernos el mundo.

Y si tengo que quedarme con un momento de sus conciertos, elijo ese instante en el que crees que no va a tocar esos temas antiguos que tanto nos gustan, porque no queda tiempo, y de repente suenan todos del tirón: Cómo conocí a vuestra madre, El dormilón, El equilibrio es imposible, Años 80, Promesas que no valen nada… y el ya glorioso final de unir Diecinueve, de Maga, con Turnedo. Y durante esos minutos no hay una persona del público que se quede callada o no se deje la garganta allí mismo.

“¿Quién está repitiendo concierto esta noche?” – preguntaba al público de La Riviera –. “Uff, sois unos frikis” respondía al ver tantas manos levantadas. Siempre he visto al gallego tocando en Madrid. No está en su Casa. Pero es como si lo estuviera. Sus incondicionales siempre estamos ahí. Estamos todos los que importan.

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