Mi derecho a morir

No tengo miedo a la muerte, pero sí al sufrimiento y al dolor. Siempre he pensado que, llegado el momento en el que yo considere que quiero morir, me gustaría poder decir: hasta aquí. Despedirme de los míos, cerrar asuntos pendientes y hasta siempre. No quiero vivir agonizando durante meses en una cama de hospital (si es que a eso se le puede llamar “vivir”) ni padecer un dolor insoportable que me mantenga ligada a fármacos y sedantes para hacerlo más soportable. Quiero tener derecho a morirme cuando yo quiera. Pero vivo en un país en el que no es posible.

En Holanda, Bélgica o Luxemburgo, la eutanasia es una práctica legal. Hace unas semanas, se admitió a trámite  en el Congreso una proposición de ley del Parlament de Cataluña para despenalizarla en España, pero el debate y el proceso para ello pintan tortuosos y llenos de dificultades. Su propósito es solo modificar el Código Penal para exonerar de responsabilidad a quienes asistan al suicidio del enfermo que lo haya solicitado.  Pero el PP ha votado en contra y Ciudadanos se ha abstenido. Y ese es solo el comienzo de la discrepancia, ya que incluso el PSOE, que la ha apoyado, considera que necesita un marco legislativo superior.

El pasado domingo, Rosa Montero escribía sobre este tema en su habitual página de opinión en El País Semanal: Me asombra, sobre todo, que el derecho a poner fin a la propia existencia no haya sido una obviedad desde el principio de los tiempos. Pero no sólo no ha sido así, sino que el suicidio y la ayuda al suicidio que es la eutanasia han sido considerados pecaminosos, ilegales, sucios, execrables, criminales. Cuando para mí es evidente que, si nos queremos responsables, libres y dignos, tenemos que tener el control de nuestras vidas, y para ello resulta imprescindible tener el control de nuestras muertes.

No puedo estar más de acuerdo con estas palabras. Yo quiero tener el control de mi vida y por tanto también el de mi muerte. Considero que ambas cosas van ligadas. Supongo que mucha gente prefiere no pensar en ello, no aceptar que va a llegar el día de morir. Y quizás por esa negación, nuestra sociedad ha sido incapaz de gestionar la muerte, organizarla y ponerle el marco jurídico que necesita para que cada cual tenga derecho a decidir sobre la suya.

Ojalá nunca me vea obligada a tener que decidir si quiero acabar con mi vida o no. Ojalá no necesite planteármelo por culpa de un dolor y sufrimiento intensos. Pero, si llegara ese momento, me gustaría poder decidir. Es mi derecho a morir.

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